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sábado, 25 de septiembre de 2010

El Capricho de Alcira




Viajando por los valles buscando lanas, otros elementos, otras texturas para darle a las mantas otra calidez. Buscando otras mujeres que como yo se conenctan con lo femenino. Tejiendo, cocinando, cuidando, gestando, me siento verdaderamente yo misma.



El Capricho de Alcira

Esta primavera fuimos a hacer un recorrido por los Valles Calchaquíes. Cuando pensábamos el viaje se me ocurrió que quería aprender telar, el de los ponchos. Me metí en la maravillosa Internet para ver qué había en la zona. Surgió la Escuela de Ponchos de Seclantás. Seclantás??? –“Sí, sí queda en el circuito que vamos a hacer, es un pueblito chiquito!” me dijo Ova. Me puse en contacto con la escuela y coordinamos una jornada donde me iban a enseñar. Me esperaban el martes a las 2 de la tarde. Llegamos a Seclantás y nos enamoramos del lugar, y el sentimiento se agrandó en el corazón con el correr de las horas. Para cuando nos teníamos que ir ya nos preguntábamos cuanto saldría una propiedad. Fuimos a la primera hostería y por suerte no había nadie para atendernos, así que pasamos a la segunda opción. Hostería El Capricho, una antigua casa color amarillo ocre, con patio central. Ahí estaba Alcira, que nos recibió con una silenciosa amabilidad. Nos mostró la casa, las habitaciones y nos quedamos. Esos 2 días en Seclantás fueron intensos, intensos en silencio y sol. Con todo el tiempo de los Valles entreverados en el cuerpo, la altura, la libertad, el espíritu. En mi interior venía buscando, vaya uno a saber qué, no? Al día siguiente estaba yendo para mi encuentro con el telar, yo creía que era eso, en realidad estaba segura que era eso lo que estaba buscando. Era temprano. Salgo de la hostería con mi bolsito verde, del tejido, Ova me acompañaba y nos cruzamos con Alcira, le digo que el día está lindo, que mientras espero voy a tejer a crochet y le muestro las flores que estoy haciendo. Tomó la flor en sus manos rusticas de trabajo y delicadas de feminidad, la acarició, me miró, me pareció que sonrió –“¡Que hermosa!” – dijo y me la devolvió. -“Gracias” – le contesté y seguimos cada una a lo suyo. Ella, sus tareas en la hostería y yo a esperar el encuentro con lo que estaba buscando. La clase de telar no fue lo que pensé que iba a ser. Pero me dio la posibilidad de descubrir que el tejido en telar no era para mí. Creo que no terminamos de apreciar lo que deja el artesano en cada prenda, su cuerpo, su sangre, su alma, su vida quedan entramados en cada vuelta de lana, quedan clavados con la pala dibujando figuras ancestrales. Estos hombres y mujeres deberían terminar sus vidas ricos por el fruto de sus labores. Nunca regatees el precio de una prenda hecha verdaderamente en telar. Al día siguiente estaba en la plaza que queda en frente a la hostería, tejiendo al sol mis flores a crochet. En eso viene Alcira y me pregunta si le podía enseñar a hacer las flores. Le dije que sí que me encantaría! Salió corriendo a buscar unas lanitas de colores, colores norteños. Nos pasamos toda la tarde tejiendo a crochet, casi en silencio, hasta que se levantó un vientito fresco de montaña que nos echo de la plaza. Entramos a la casa, Alcira me dice -“Espéreme”. Vuelve apuradita con un par de bolsas grandes llenas de lanas! Y me dice –“Tome, esto es para Uds.”. –“Noooooo, Alcira esto vale mucho dinero!!! Quedátelo para hacer las flores, las podés vender!” Serenamente me agarró del brazo con firmeza, pero con cariño y me dijo –“Sí, yo voy a hacer las flores, pero estas lanas son para Ud”. Me quedé mirándola a los ojos, profundamente conmovida por la generosidad de esa hermosa mujer. En ese momento supe que había llegado a Seclantás para que ella y yo nos encontráramos. Acepté las lanas que me ofrecía y sucumbí a “El Capricho de Alcira”.