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miércoles, 19 de agosto de 2015

la renuncia y la madurez de mamerto menapace

En enero es frecuente encontrar árboles que se doblan bajo el peso de sus frutas. Y uno se pregunta qué toscas lamerán sus raíces para parir semejante verano. Sobre todo cuando a su lado se ven crecer los cardos que se alimentan de la superficie y se atrincheran de espinas para defender lo que nadie les codicia. De una misma fertilidad, dos historias diferentes. Diferente profundidad.

Frente a mi ventana se alinean unos curiosos árboles frutales. No maduran sus frutas para enero. Las guardan para cuando comienzan los fríos. Son los caquis. En el amanecer les escucho el ruido que hacen sus frutas pequeñas al desprenderse aún verdes del árbol. Son frutas que ellos mismos dejan caer, mucho ante de haber sido plenamente.

Quizás estos árboles se liberan simplemente de algunas posibilidades porque su instinto de frutal les dice que no podrán llevar toda su carga hasta la madurez. Han florecido ancho. Pero ahora, al ir respondiendo a las exigencias del crecimiento, reconocen que sus raíces no darán para tanta fruta. Y por eso, por fidelidad a la madurez de lo que entregarán, renuncian al número de lo que poseen.

El árbol de caquis tiene algo de original. No necesita la poda del jardinero. Lento en su crecimiento, se va agrandando en armonía. Como no exagera, no lo frenan. Y sin embargo, en el silencio del amanecer, siento rodar entre el follaje los pequeños frutos que golpean sordamente contra el suelo.

Es como si por propia decisión renunciara a ellos a fin de llevar a la madurez los que retiene. Son tantos los que caen, que aquel que sólo los observa de pasada, creería que se trata de un fracaso total. Cuando se está frente a un árbol de esta especie, no debemos preocuparnos por el número de las posibilidades a las que renuncia, sino por la fidelidad a lo que consagra su savia.

Envueltos en la neblina del amanecer los caquis lloran lágrimas verdes de frutas pequeñas, renuncia que les exige la fidelidad de lo que está destinado a madurar.

El árbol acepta el equilibrio que le impone las raíces. Porque en definitiva sólo ellas conocen las auténticas posibilidades de cada árbol. Sólo ellas están en contacto con lo fértil que las alimenta. Están hundidas profundamente en la tierra. Y a la vez el mismo árbol conoce las posibilidades de sus raíces, cosa que ignoran los demás, por ocultárselas la tierra. Por eso cuando siento a un árbol renunciar al número de sus frutas, pienso que en la noche ha dialogado con sus raíces. Lo que explica la renuncia del amanecer.

Cuando los fríos comiencen el dulzor de sus frutas será tanto, que ya nadie pensará en el pasado. La renuncia quedará en el secreto misterio de la generosidad del árbol.

Mamerto Menapace

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